Nuestra mente está condicionada para rechazar todo aquello que no pueda ser representado gráficamente como una figura simétrica.
En otro blog que administro,
utilicé estas imágenes acompañadas del siguiente texto:
«Enterarme de la verdad sobre Papa Noel y de que el corazón
anatómico no es tan simétrico como lo dibujamos, continúan siendo mis mayores
desilusiones» (1).
Nuestro cerebro piensa que existen tres puntos del cuerpo con máxima
importancia. De arriba hacia abajo, son: el cerebro, el corazón y los
genitales.
Toda noción de «centro» sugiere poder, perfección, ideal.
Si observamos el funcionamiento de una rueda, vemos que el centro no se
desplaza, está fijo. Esta constatación refuerza la importancia central del
corazón.
Por extensión, todas las imágenes de «centro» son relacionadas con el
corazón y, puesto que el amor en nuestras vidas es una fuerza que nos impulsa
hacia el centro de la existencia (“nuestra única misión”, conservar la especie
[2]), está simbolizado por este órgano.
Como vemos en la figura de la izquierda, el músculo cardíaco tiene una
forma muy irregular en tanto no posee ningún tipo de simetría. Es perfecto
desde el punto de vista funcional, pero no obedece a la imaginación
humana, la que está adaptada a nuestro aspecto exterior, especialmente por la
ubicación de los ojos, los brazos, las piernas, los senos, las orejas y un eje
central, también imaginario, marcado por la nariz, la boca, el cuello, el
ombligo y los genitales (vagina o pene).
Este aspecto exterior, único al que le encontramos valores estéticos
satisfactorios, nos lleva a pensar que lo bueno, lo sano y lo mejor, está en el
centro o equidistante del centro, mientras que lo que no respeta esta
geometría, es malo, enfermo y lo peor.
En suma: Las deformidades
económicas (pobres y ricos), son feas pero funcionalmente perfectas.
(Este es el
Artículo Nº 1.729)
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