miércoles, 4 de diciembre de 2013

El coito heterosexual tal cual es


El acto heterosexual está pleno de desentendimientos, a pesar de la aparente complementariedad. El posible embarazo determina una diferencia radical.

La siguiente puede ser una descripción correcta de cómo los varones y las mujeres nos unimos, nos fecundamos y, al reproducirnos, cumplimos la única misión (1) que tenemos: conservar la especie.

Siempre vivimos en sociedad porque somos animales gregarios. Casi toda la población mundial vive en comunidades integradas por hombres y mujeres.

Cuando una entra en celo, como cualquier otro mamífero, tratará de ser fecundada por algún varón al que ya conoce, con el que ha tenido algún vínculo afectivo, porque gusta de él y, casi inevitablemente, él siempre se aproxima a la mujer que lo convoca amorosamente, mirándolo, hablándole, demostrándole que lo admira, lo desea, es feliz en su compañía, desearía verlo a menudo.

Estas son las señales inequívocas de que la mujer ha elegido al padre de sus hijos.

Cuando ella se siente en condiciones de ser fecundada hará ciertas maniobras instintivas para que él tenga una inflamación en el pene y desee desinflamarlo mediante caricias que ella practicará con sus manos, con la boca o con la vagina. Solo estas últimas lograrán la desinflamación propiciando el embarazo.

Todos estos movimientos y acciones son meramente anátomo-fisiológicos. Sin embargo, el cerebro de los participantes segregará abundantes fantasías y pensamientos, antes, durante y después del coito.

La intensidad y densidad de estas fantasías hacen que el fenómeno orgánico, (único realmente necesario para la conservación de la especie), pase a un segundo plano.

Dado que una y otro poseen funciones muy diferentes (una gesta y el otro solo fecunda), dichas fantasías son radicalmente diferentes. La expectativa de quedar embarazada le impone un elevado compromiso. Por esto ellas le asignan al coito una dimensión fantástica mucho mayor al que el varón podría imaginar.


(Este es el Artículo Nº 2.082)


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viernes, 8 de noviembre de 2013

Somos afectivamente iguales


En nuestra especie todos tenemos los mismos sentimientos, pero somos afectivamente distintos porque la intensidad de cada sentimiento es diferente.

Para explicarle a mi sobrino de 11 años cómo es la psiquis de los humanos le dije que se parecía a un ecualizador, como el que él tiene en su equipo de audio.

Claro que mi ejemplo fue muy imperfecto y rudimentario porque después, al consultar en Wikipedia qué es un «ecualizador», descubrí que no sé bien qué es y, además, tampoco logré entender la explicación.

Imaginemos entonces que un «ecualizador» es un dispositivo que permite seleccionar una por una las notas de sonido que amplifica. En lugar de tener una sola perilla que, haciéndola girar aumenta o disminuye todo el volumen de la música que sale por los parlantes, con un ecualizador podríamos aumentar o disminuir el volumen de cada nota musical que compone la melodía que deseamos escuchar.

Por lo tanto, este ecualizador imaginario no deja de ser un conjunto de potenciómetros (controladores de volumen) que afectan cada nota musical.

La psiquis está compuesta por todos los sentimientos propios de nuestra especie. Concretamente me refiero al amor, odio, envidia, celos, rencor, venganza, y muchos más que todos conocemos bien.

Si estos sentimientos fueran notas musicales podríamos pensar que la personalidad de cada uno estaría caracterizada por qué volumen tienen habitualmente en nuestra mente: algunos aman mucho y envidian mucho, otros odian mucho pero también son capaces de grandes pasiones amorosas, los hay muy celosos, capaces de las venganzas más terribles, y todas las infinitas combinaciones que se pueden realizar variando el volumen de los sentimientos básicos.

Esta rudimentaria explicación tiene el beneficio de ser fácilmente entendible.

Una conclusión interesante que podríamos extraer es que todos somos afectivamente iguales, pero nos diferenciamos por la intensidad de cada afecto.

(Este es el Artículo Nº 2.075)


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El tamaño del pene y el placer del parto

  
Les comento una posible explicación de por qué los varones estamos tan pendientes del tamaño del pene.

Las mujeres suelen burlarse de los varones preocupados por el tamaño de su pene.

Siendo que con apenas 8 centímetros de largo estamos posibilitados para contribuir a la conservación de la especie, soñamos con tener instrumentos genitales mayores: 15, 20, 25 centímetros.

Quienes los poseen suelen trabajar como artistas porno, pero Photoshop es un software capaz de hacer cambios en las fotografías como para que, al mirarlas llenos de envidia, sigamos pensando que nuestro órgano reproductor es realmente patético.

Sería obvio decir que esta es una manía machista, pero no sería tan redundante comentar que aquel castigo bíblico que nos condenó a sudar y a tener dolores de parto podría ser una causa eficiente de esta preocupación masculina.

Obsérvese que actualmente muchas respetables personas concurren a gimnasios para forzar el sudor, no solo en el sauna o en los baños turcos, sino también tratando de levantar objetos pesados u otras actividades igualmente inútil y generadoras de sudor.

Por lo tanto, el castigo bíblico no fue como se dice sino que pasó lo siguiente: Cuando Adán y Eva comieron la manzana vino la orden del jerarca máximo (Dios) de echarlos del Paraíso, por desobedientes. Quien les dio la mala noticia, por piedad o por temor a que Adán matara al mensajero, les comunicó la información agregándole un consuelo: «Miren que fuera del Paraíso podrán disfrutar sudando y sufriendo en los partos».

Efectivamente, en las mujeres existen dos tipos de dolor: el común, el que tenemos todos, el que nos obliga a evitarlo, y el exclusivamente femenino, el que las hace gozar cuando paren.

Esto explica todo: los varones querríamos entrar y salir de la vagina con penes tan grandes como niños.

(Este es el Artículo Nº 2.074)


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Sobre la escasez y la abundancia

  
Quizá la escasez beneficie nuestra salud, pero la vida parece más placentera cuando podemos satisfacer nuestras necesidades y deseos.

Al escuchar uno de mis videos me oí decir que la manera más efectiva de estimular alguna actitud en el ser humano hay que prohibírsela y me refería más concretamente a todo lo que, desde hace milenios, venimos haciendo con la sexualidad.

En ese video decía que la prohibición del incesto y el tabú que obstaculiza el deseo sexual han sido muy eficaces para lograr que nuestra especie sea muy abundante en ejemplares, lo cual no deja de ser la mayor de las riquezas.

Si fuera procedente compararnos con las demás especies deberíamos reconocer que somos la más próspera del planeta, aunque no tenemos datos sobre en qué situación están los microorganismos cuyo censo nos resulta impracticable.

Pero no solo llevándonos la contra entre nosotros logramos optimizar nuestro desempeño. Es posible observar que los pueblos que habitan regiones muy prósperas y paradisíacas (estoy pensando en las zonas tropicales y fértiles), no lucen muy trabajadores y ambiciosos, mientras que los más activos están en las regiones donde la naturaleza es menos paradisíaca (estoy pensando en las zonas frías y menos fértiles).

Por lo tanto, cuando tenemos una vida fácil vivimos en la pobreza y cuando tenemos una vida menos fácil, la lucha por superar las dificultades impuestas por el medio nos llevan a tener mejor calidad de vida.

Quizá sea un error, pero parece más cómoda la abundancia que logramos con nuestro esfuerzo que la escasez que pueda imponernos un hábitat precario.

Quizá la austeridad sea desagradable, aunque indirectamente beneficiosa, pero parece más cómodo tener varios televisores, una casa con varios dormitorios y varios baños, contar con una casa para vacacionar, que cada integrante de la familia disponga de su automóvil.

(Este es el Artículo Nº 2.055)


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La homosexualidad de los jefes


Así como algunos varones se imaginan violados por sus jefes, estos también imaginan que violan a sus subordinados.

En  otro artículo (1) digo textualmente: “El inconsciente de algunos varones supone que, si produce bajo las órdenes de otro, este lo está violando y embarazando”.

No debería descartar demasiado la posibilidad de que este mismo fenómeno ocurra con la psiquis de las mujeres. Las trabajadoras en relación de dependencia pueden tener fantasías sexuales con su jefe y también con su jefa.

Observemos que ambos sexos somos tan diferentes, (en varios artículos [2] he llegado a proponer que nos estudiemos como si fuéramos especies distintas), que las homosexualidades también se diferencian.

Efectivamente, los varones podemos practicar sexo anal tanto con una mujer como con un hombre. Esta posibilidad, habilitada por tener un genital pene-trante, no está entre las mujeres. Por lo tanto, cuando un hombre penetra analmente, no tiene muy claro si lo está haciendo en términos homosexuales o heterosexuales.

La homofobia suele interpretarse como una heterosexualidad radical. Quienes se muestran muy intolerantes con quienes ejercen esa opción se imaginan muy viriles, pero el antipático psicoanálisis lo niega moviendo la cabeza: «No eres demasiado viril, más bien le temes a ser demasiado homosexual y que los demás nos demos cuenta».

En base a estas consideraciones, incluyendo lo que comenté en el artículo anteriormente mencionado (1) y a cómo tendríamos que interpretar el fascinante sexo anal, ahora podríamos agregar que las personas que se postulan para cargos de dirección podrían tener las fantasías complementarias a las que tienen algunos subordinados.

Dicho de otro modo: si algunos varones padecen la inconsciente sensación de ser violados por quien los hace producir (jefe, líder, capataz), quienes ejercen, o desearían ejercer, estos roles también pueden tener fantasías homosexuales de penetrar analmente a trabajadores de su mismo sexo.





(Este es el Artículo Nº 2.054)

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...y si todos fuéramos un poco masoquistas?

  
Aseguramos que solo unos pocos enfermos gozan sufriendo. ¿Cómo cambiaría toda nuestra filosofía de vida si admitiéramos lo contrario?

Cuando algo se extravía tendemos a buscarlo donde debería estar, con lo cual prolongamos innecesariamente el tiempo de extravío. Podríamos encontrarlo antes si pudiéramos buscarlo donde no debería estar.

Este mínimo ejemplo es útil, sin embargo, como prueba de que el libre albedrío no existe en tanto no buscamos donde queremos sino donde nuestros condicionamientos mentales nos obligan a buscar.

Hace años que busco (donde no deberían estar) asuntos extraviados, precisamente para ver si encuentro lo que mis hermanos humanos no encuentran, por ejemplo, causas reales de la pobreza económica, esa pobreza que desde hace milenios afecta a nuestra especie y que los expertos más encumbrados no logran resolver.

Algo que no debería ser es que los humanos disfrutemos sufriendo. Estamos convencidos de que buscamos el placer y que huimos del dolor.

Tan convencidos estamos de que los humanos huimos siempre del dolor que cuando encontramos a alguien que se estimula sexualmente sufriendo decimos que es masoquista, es decir, alguien diferente al resto, un anormal, un enfermo.

¿Y qué ocurriría si todos nuestros pensamientos los organizáramos partiendo del supuesto que no es tan cierto que los humanos rehuimos sistemáticamente del dolor?

Obsérvese que cualquier idea que haya alcanzado la categoría de «verdad», se convierte en algo tan sólido e inamovible como una montaña. Cualquier cosa que pensemos tendrá que tenerla en cuenta tal cual es, sin modificaciones. A la postre, una verdad es algo tan rígido e inmóvil que se convierte en el centro alrededor del cual todos los demás conceptos deben girar. ¿Y si esa montaña no fuera tan rígida e inmóvil?

Al ver cómo se sacrifican libremente las personas en un gimnasio tengo que dudar que evitemos el dolor.

(Este es el Artículo Nº 2.070)


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La rebelión del trabajador que se siente violado


El inconsciente de algunos varones supone que, si produce bajo las órdenes de otro, este lo está violando y embarazando.

Ayer publiqué un artículo (1) en el que, metafóricamente, sugería la relación que existe entre quienes aportan ideas y quienes ejecutan dichas ideas.

En otras palabra, y explicitando la comparación generadora de la metáfora, decía que los ideólogos funcionan como padrillos (sementales) que fecundan a los trabajadores que concretan la idea, de forma similar a como las hembras inician la gestación.

Algo similar ocurre con quienes se dedican a tareas de gerenciamiento, control, supervisión, jefatura, mando medio: ellos ordenan a los trabajadores que realicen cierta tarea, así como el macho que fecunda parece darle una orden al organismo de la hembra para que realice el proceso de gestación.

Insisto: quien da las órdenes actúa como un espermatozoide y quien las recibe actúa como un óvulo, que al ser activado por el espermatozoide-jefe desencadena una serie de acontecimientos productivos..., pero que, coloquialmente, llamamos re-productivos.

Algo que podemos pensar es que la pobreza que afecta a nuestra especie desde tiempo remotos quizá esté provocada porque inconscientemente una mayoría de trabajadores se sienten violados, sodomizados (sexo anal entre hombres).

Si estos puntos de vista fueran correctos, los varones que necesitan trabajar para colaborar con la familia que desean mantener se ven enfrentados emocionalmente a un dilema (obligación de seleccionar entre dos opciones distintas): quieren hacer el esfuerzo necesario para ganar dinero, pero no quieren sentirse como una mujer que el jefe embaraza para que (re)produzca.

En otras palabras: quiere ganar el salario dignamente pero no como una prostituta.

El inconsciente de muchos trabajadores puede inducirles a sentirse humillados cuando reciben las órdenes de un superior. Sin darse cuenta, (inconsciente significa no-consciente, desconocido), se rebelan contra unos sentimientos que los llevan a sentirse homosexuales.

(Este es el Artículo Nº 2.051)


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