lunes, 3 de marzo de 2014

La Iglesia Católica evita un genocidio

  
La Iglesia Católica es imprescindible porque los humanos no sabemos organizarnos sin desigualdad en el reparto de la riqueza.

Nos dice el Papa Francisco I en uno de sus mensajes de Cuaresma (febrero de 2014):

«Así, explica Francisco, “la pobreza de Cristo es la mayor riqueza”, y Cristo “nos invita a enriquecernos con esta rica pobreza y pobre riqueza suyas”. Es más, “la riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza”.»

Para que nadie quede sin entender este párrafo, les informo que el mismo integra un texto que se titula La pobrísima riqueza y la riquísima pobreza - A la miseria material se la combate con la caridad, a la moral y a la espiritual con la misericordia. (1)


Como usuario del idioma, me cuesta entender el párrafo entrecomillado. Quizá si yo no fuera ateo lograría una mejor comprensión.

Sin embargo, les comento a quienes sí lo entienden: En general, la Iglesia Católica le hace suaves recomendaciones a los ricos para que regalen un poco más de las fortunas que ganan honradamente y alienta a los pobres para que toleren, sufran, soporten, aguanten.

Si mal no entiendo, la Iglesia Católica les dice a sus creyentes que imiten a Cristo: en su infinita bondad, en la austeridad de su vida, en la resignación ante la injusticia, que incluye dejarse matar en una máquina de tortura (la cruz).

¿Qué logra la Iglesia Católica con esta actitud, que ya lleva varios siglos? Lo que logra con su prédica es apaciguar los ánimos, evitar los estallidos sociales que podrían ocurrir cuando se informa que las 85 personas más ricas del mundo poseen la misma cantidad de recursos materiales que los 3.750 millones de personas más pobres del planeta (es decir, la mitad de la población mundial) (2).

El agua bendita que utilizan en sus ritos parece apagar un incendio inminente, por el cual la minoría más adinerada tendría que perecer descuartizada por una mayoría indignada ante la obscena desigualdad en la distribución de la riqueza.

Una posible explicación de por qué convivimos ricos y pobres sin matarnos, es:

En nuestra especie solo sabemos organizarnos generando fuertes desigualdades en la distribución de la riqueza. Para evitar el genocidio de los ricos a manos de los pobres, la Iglesia Católica, como si fuera una Agencia de Publicidad, se encarga de enfriar los ánimos, por lo cual los ricos le pagan grandes sumas de dinero, cuya aplicación puede observarse en la riqueza fastuosa que vemos en el Vaticano y en casi todas las iglesias del planeta.

Conclusión: si los ricos no mantuvieran económicamente a la Iglesia Católica, serían ajusticiados y no existirían empresas donde ganarnos el pan de cada día.

(1) Ver artículo de ALETEIA

(2) Resumen del informe anual de Oxfam, presentado en la cumbre de Davos llevada a cabo a comienzo de 2014.

(Este es el Artículo Nº 2.119)


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La naturaleza nos dice ‘DESconócete a tí mismo’

Todas las culturas nos impiden conocer nuestra psiquis para convertirnos en ciudadanos inseguros, temerosos y eventualmente traidores de nuestros semejantes.

La sociedad nos enseña a conocer lo que debemos saber para colaborar con ella y también nos enseña a ignorar lo que no debemos saber (también) para colaborar con ella.

Por ejemplo, debemos ignorar que nos enseñan a ignorar porque si lo supiéramos podríamos enterarnos, por ejemplo, que es absolutamente normal tener miedo a estudiar, a trabajar, a vincularnos afectivamente.

La enseñanza de la ignorancia se parece a esas situaciones en las que un hermano le dice a otro: «Te contaré algo pero prométeme que no se lo dirás a mamá». En este caso dos hermanos, por alguna razón, necesitan la ignorancia de la madre. Las sociedades también necesitan que los ciudadanos ignoren algunas cosas pero, paradójicamente, de sí mismos.

La cultura necesita que sintamos mucho miedo, que seamos cobardes, asustadizos. ¿Para qué? Para que seamos fácilmente dominables, para que seamos obedientes, incapaces de tomar riesgos, inseguros de nuestras opiniones, fóbicos ante el ridículo.

Todas estas debilidades son propias de nuestra especie. Nadie nace valiente, confiado, decidido, pero ¿cómo se las ingenia nuestra cultura para que estas debilidades naturales se tornen paralizantes, discapacitantes, patológicas? Enseñándonos a negarlas, a repetir que somos audaces, confiados, dignos de ser representados por nuestros símbolos patrióticos.

El método por el cual aprendemos a ignorarnos consiste en negar públicamente las características propias de nuestra especie: el miedo, la cobardía, la tendencia a ser traidores de nuestros semejantes.

Las consecuencias no podría ser mejores: quienes sentimos en nuestra mente lo que decimos no sentir, quienes sentimos miedo pero no podemos reconocerlo, quedamos paralizados, no sabemos quiénes somos, caemos en una completa inseguridad, le tenemos miedo a todo, solo sabemos obedecer, respetar, cumplir y continuar ignorándonos.

Si usted siente que se conoce, quizá se conozca realmente o quizá sea un buen alumno del sistema pedagógico que lo adiestra para que se desconozca.

Pero ATENCIÓN!! No existe un genio maligno que nos manipula sino que así nos organizamos los humanos. Este fenómeno (enseñarnos a ignorarnos) es propio de nuestra Naturaleza y no es obra de personas malintencionadas. Nos caracterizamos por esta forma de vivir, así como usamos un lenguaje o construimos grandes edificios.

(Este es el Artículo Nº 2.118)


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Humanos sexualmente inhumanos


Fuimos educados para que nuestra conducta sexual imite a la del resto de los animales y para que reprima las prácticas exclusivamente accesibles a nuestra especie. Fuimos educados para ser sexualmente inhumanos.

Es probable que muchos hispanoparlantes  hayan sido educados teniendo en cuenta dos principios morales muy fuertes:

1) Debemos tener relaciones sexuales sólo para concebir hijos, es decir, sin barreras anticonceptivas; y

2) Toda otra práctica sexual que no tenga por objetivo la reproducción es perversa, amoral, condenable.

Estas dos importantes normas de conducta íntima, se pregonan en un contexto filosófico según el cual, el ser humano es un ser superior a los animales, hijo de Dios, y rey de todos los seres vivos.

En otras palabras, se nos hizo pensar que el resto de los seres vivos son inferiores a nosotros y que tenemos sobre ellos todos los derechos que podría tener hasta el soberano más desconsiderado con sus gobernados. Por este motivo, podemos usarlos para que trabajen en nuestro beneficio y hasta podemos matarlos para comerlos y alimentarnos.

En suma: se nos dijo que los seres humanos no somos animales y que solo debemos practicar relaciones sexuales con fines reproductivos, porque si utilizáramos el placer sexual con fines exclusivamente placenteros, estaríamos vulnerando la moral, estaríamos dejándonos llevar por los instintos, como si fuéramos animales.

Este artículo tiene por único objetivo compartir la siguiente reflexión:

Ningún ser vivo, excepto los humanos, tiene prácticas sexuales por diversión. Todos copulan solo para reproducirse. Parece que no saben jugar o no les interesa. Como están condenados a obedecer a sus inflexibles instintos, sus relaciones sexuales son mecánicas, incontroladas por ellos. Es decir, según lo que nos han enseñado, el resto de los animales cumple con esa norma moral que nos fue inculcada: solo copular para reproducirnos.

Conclusión: fuimos educados para comportarnos como cualquier animal, excepto como los seres humanos, porque somos los únicos que podemos masturbarnos, ser homosexuales, fornicar por puro placer utilizando barreras anticonceptivas.

La moral con la que fuimos educamos nos induce a reprimir las características de nuestra especie y nos induce a copiar la característica del resto de los animales.


(Este es el Artículo Nº 2.133)


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La sexualidad de los ricos


Estamos ante la paradojal situación de ser sexualmente animales, es decir, súbditos de quienes sí practican la sexualidad humana: reyes, gobernantes, ricos.

En otro artículo publicado hoy (1), digo textualmente:

«En otras palabras, se nos hizo pensar que el resto de los seres vivos son inferiores a nosotros y que tenemos sobre ellos todos los derechos que podría tener hasta el soberano más desconsiderado con sus gobernados. Por este motivo, podemos usarlos para que trabajen en nuestro beneficio y hasta podemos matarlos para comerlos y alimentarnos.»

En otras palabras, ahí digo que explotamos al resto de los animales porque ideológicamente se nos inculcó que ellos son inferiores a nosotros. Se nos hizo creer, (y nosotros lo aceptamos acríticamente), que tenemos derecho a hacerlos trabajar en nuestro beneficio y que, si su carne es rica y nos alimenta, podemos quitarles la vida, faenarlos, asarlos y comerlos.

Es decir, la moral con la que fuimos criados nos alienta a explotar al resto de los seres vivos. Por supuesto: si alguno de ellos nos molestara demasiado, también podríamos aplicarles técnicas genocidas para exterminarlos como especie, para que desaparezcan (insectos, microbios o cualquier otro ser vivo que no sea domesticable y explotable).

En el mismo artículo (1) también digo que nuestra moral sexual nos ha inculcado que solo debemos tener relaciones sexuales reproductivas y que la actividad sexual utilizada con fines recreativos es perversa, amoral, condenable. Es decir, se nos ha hecho pensar que recibiríamos algún castigo si utilizamos nuestra sexualidad solo para divertirnos y evitando procrear. Esto equivale a decir que nuestra sexualidad debe ser igual a la del resto de los animales no humanos.

Conclusión: como los seres humanos pueden explotar salvajemente al resto de los animales y puesto que, por otro lado se nos inculcó a practicar una sexualidad exclusivamente animal, apartándola por insana de cualquier otra práctica única en nuestra especie (sexualidad recreativa), quedamos ante la paradojal situación de ser sexualmente animales, es decir, súbditos de quienes sí practican la sexualidad humana: reyes, gobernantes, ricos.


(Este es el Artículo Nº 2.115)


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Misteriosa alarma por un peligro insignificante

Mucha gente importante está inexplicablemente alarmada por una eventual confrontación violenta entre 3.750 millones de pobres (leyó bien) y 85 híper millonarios.

Para comenzar el año 2014 tuvimos dos reuniones de los pobres humanos. Una en Davos (Suiza), organizada por el Foro Económico Mundial y la otra en Cuba, organizada por la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).

Los «pobres humanos» nos reunimos en dos lugares diferentes porque unos disponemos de más dinero que los otros. En Suiza nos reunimos quienes disponemos de más dinero y en Cuba nos reunimos quienes disponemos de menos dinero.

Todos somos igualmente pobres ante la vida, todos nos angustiamos, todos vivimos esclavos de algo o de alguien y todos terminaremos de la misma manera: muriendo, liberándonos en menos de un segundo de lo que tuvimos y de lo que padecimos.

El libro se cerrará y nuestro relato vital habrá terminado.

Según los medios de comunicación que han tratado profusamente las alternativas de estas reuniones, lo preocupante es la progresiva desigualdad entre unos y otros. Si la humanidad toda fuera un cuerpo biológico, nos estaríamos desmembrando. Es como si, por razones económicas, ese cuerpo imaginario, (la especie, la humanidad), estuviera despanzurrándose.

Los expertos dicen que la brecha entre pobres y ricos es cada vez mayor. La humanidad tiene una herida que, en vez de cicatrizar cada vez se abre más.

¿Cuál es el temor que provoca esta desigualdad entre la inmensa mayoría de pobres y la pequeñísima cantidad de híper millonarios? Tememos un estallido social, es decir, tememos que los 3.750 millones, (la mitad de la población mundial), de pobres ataquen a los 85 ricos.

Si tal estallido ocurriera, ¿cuántos milisegundos podría durar el exterminio de estas 85 envidiadas y odiadas personas?

No puedo creer que tantos periodistas, gobernantes, técnicos e intelectuales en general, pierdan su tiempo alarmados por un peligro que parece insignificante.

¡Acá hay algo más!

(Este es el Artículo Nº 2.113)


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El desinterés por la masturbación

La masturbación está dejando de ser tan atractiva porque ahora ya no está prohibida como antes.

Cuando la especie aun sentía amenazada la supervivencia, instintivamente tomábamos precauciones muy severas en la administración de la sexualidad.

Casi siempre estuvieron unidos los esfuerzos de los líderes políticos, los líderes religiosos y la medicina. La participación de los medios de comunicación siempre estuvo presente porque las normas dictadas por esas tres instituciones de alguna manera tenían que llegar a la población.

Para conservar la especie se apoyaban la formación de familias, las políticas sanitarias y, sobre todo, la conducta sexual.

La fobia, casi universal, a la homosexualidad tiene como su principal causa la esterilidad de estas uniones.

En este artículo compartiré con ustedes un comentario sobre la masturbación masculina.

Hasta no hace mucho, (cursa enero de 2014), esta práctica era un tabú. Nadie confesaba practicarla. Ahora que somos siete mil millones de ejemplares, ahora que el temor a desaparecer como especie ha descendido, comienzan a surgir comentarios más distendidos sobre el autoerotismo.

Para los varones masturbarse era una vergüenza atroz, presumiblemente porque, en épocas de crisis germinal (escasez de embarazos, baja tasa demográfica), tirar semen podía considerarse un acto de traición imperdonable;

Para los varones también fue un honor que se nos prohibiera el onanismo alegando el cuidado de tan valiosa simiente. Nos privábamos de un placer pero nos sentíamos importantes;

La estructura social basada en el matrimonio monógamo es antinatural, pero terminamos aceptándola porque no teníamos otra alternativa. Los varones no somos monógamos, pero si además se nos prohíbe masturbarnos, nuestra sexualidad queda bajo el control de la esposa, pues, con particular frecuencia, ella apeló a extorsionarnos negándose a tener relaciones sexuales si no atendíamos sus intereses.

En esta situación, no quedaba otro recurso que complacer a la esposa que de hecho controlaba la satisfacción del deseo sexual masculino, o, en su defecto, la compra de servicios sexuales (prostitución), para lo cual el varón tenía que poseer los recursos económicos suficientes.

Todo esto, sin darnos cuenta, está cambiando porque creemos haber superado el peligro de extinción.

Al haber superado este peligro, los tabúes, prohibiciones y prejuicios de índole sexual están desapareciendo. Sin prohibiciones la libido pierde fuerza, las pasiones eróticas atenúan su intensidad, las perversiones son más escasas, quedando, la represión sexual del celibato católico, como uno de los pocos grupos de riesgo.

(Este es el Artículo Nº 2.130)


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Los ancianos sí son monógamos


Los varones son, por naturaleza, polígamos, pero cuando envejecen tienen que aceptar la monogamia porque no tienen más remedio.

Los varones ancianos son monógamos por dos motivos fundamentales:

1) Porque las fuerzas físicas no les son suficientes para tener sexo con varias mujeres; y

2) Sobre todo, porque los ancianos difícilmente sean convocados por mujeres que los necesiten como padres de sus hijos.

De estas aseveraciones se deduce cómo funcionan los varones antes de convertirse en viejos:

1) Son polígamos y tienen que, obligatoriamente, tener sexo con todas las mujeres que los elijan para ser padres de sus hijos;

2) Son mentirosos porque no los dejan decir la verdad. Las sociedades están organizadas con tal hipocresía y desconsideración de las características naturales que obligan a los varones a ser monógamos y además a que ni mencionen su verdadera misión, esta es, satisfacer a cualquier mujer que los elija para ser fecundadas por él.

Y acá aparece un tema que bien podría ser el núcleo de este artículo. Lo expreso así: La mentira existe pero los mentirosos no.

La mentira existe porque las sociedad están organizadas sin tener en cuenta cómo somos los seres humanos (ahora me refiero a hombres y a mujeres).

Si mujeres y hombres fuéramos respetados en nuestras verdaderas características, podríamos decir que nos gusta el cuerpo de mamá, que nos gusta tanto el teléfono del vecino que desearíamos quitárselo, que si algún día tuviéramos suficiente poder seríamos prepotentes, que repudiamos estudiar porque preferimos ser aceptados como somos y no como pretenden los profesores que seamos, y un extenso etcétera.

En este imaginario sinceramiento social, los varones podríamos decir que amamos a todas las mujeres que nos aman, entendiendo por «amar» el deseo de ser fecundadas por nuestro semen.

Como la cultura nos obliga a ocultar nuestra forma de ser, los hombres tienen que mentir, tienen que ser infieles (a la cultura neurótica, pero fieles a la Naturaleza) y, cuando ya no pueden con sus huesos, entonces simulan un arrepentimiento de aquella vida licenciosa, cuando migraban de cama en cama dejando hijos por doquier.

Ellas también son fieles a la naturaleza, pero el cuerpo las obliga a ser más sedentarias. No es tan fácil andar por ahí con hijos pequeños que demoran veinte años en salir definitivamente del útero.

Los ancianos de ambos sexos retoman muchas características de la infancia. Las retoman porque se vuelven tan débiles como los niños.

Los varones tienen que simular arrepentimiento para juntarse con alguna mujer que fue monógama porque los hijos le obstaculizaron ser polígama como él.

Por todo esto los ancianos varones se convierten en monógamos y siguen siendo fieles...a la Naturaleza.

(Este es el Artículo Nº 2.141)


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