domingo, 4 de noviembre de 2012

Rentabilizar el egoísmo y la envidia

   
Criticar la condición humana es tan inútil como criticar los fenómenos naturales adversos (lluvia, frío, viento).

En otro artículo (1) utilicé dos narraciones clásicas, de esas que pretenden dejarnos alguna enseñanza, algún consejo y hasta instalarnos algún tipo de adoctrinamiento sobre cómo deberíamos ser: la historia de las cucharas de mango largo y la historia del perro del hortelano.

La conclusión final del mencionado artículo, dice textualmente: « El egoísmo de la envidia es el sentimiento que anima a estos personajes que no ayudan a los demás aunque podrían hacerlo».

También en otro artículo (2) les decía textualmente: «... no son los objetos ni las situaciones las que se envidian sino el bienestar que parece tener quien goza de esos objetos o situaciones».

En general las enseñanzas que refieren al egoísmo y a la envidia parecen tener por objetivo demonizar estos dos sentimientos, insistiendo sobre la conveniencia de no envidiar y no ser egoístas.

Dichas enseñanzas tienen el mismo objetivo que tendría una propaganda oficial destinada a estimular a los ciudadanos para que paguen puntualmente todos los impuestos.

Esta propaganda contendría frases tales como: «no sean egoístas, paguen todos los impuestos»; «abandonen esa resistencia a colaborar con el Estado»; «la mezquindad de los ciudadanos es la única causa de la ineficiencia de los gobernantes».

Por el contrario, la propaganda que necesitamos es aquella que nos ayude (enseñe) a convivir con el natural egoísmo de nuestros vecinos y de nuestros gobernantes.

En otras palabras, más que darnos consejos para que abandonemos el egoísmo y la envidia, rasgos infaltables en nuestra especie, necesitamos saber cómo responder a los efectos indeseables que esas características podrían causarnos.

Criticar la condición humana es tan inútil como criticar los fenómenos naturales adversos (lluvia, frío, viento).

Conclusión: ¡rentabilicemos el egoísmo y la envidia!

   

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Nos ensañamos para imaginarnos inmortales

   
Los humanos somos capaces de ensañarnos con los competidores vencidos porque queremos vernos (imaginarnos) invencibles, omnipotentes, pero sobre todo  inmortales.

Creo que no hay muchas dudas sobre cuán débiles somos como individuos, sin embargo habría que recordar que somos muy fuertes como especie.

Los demás individuos de las demás especies, caminan media hora después de ser paridos, se reproducen con pocos años de edad, saben qué hacer en cada contingencia de su vida porque el instinto contiene todas las respuestas.

Estas cualidades de los demás ejemplares de las especies mamíferas escasean en los humanos, pero sin embargo cada vez somos más, nuestra especie cuenta con más de siete mil millones de ejemplares. Somos una especie próspera.

Si esto estuviera bien razonado, entonces tendríamos que aceptar que el individualismo es una mala solución mientras que las acciones que tengan en cuenta a nuestra especie tienen más posibilidades de éxito.

Expreso esta idea porque insistentemente hago comentarios sobre cómo somos los humanos y no precisamente para resaltar cualidades valiosas sino todo lo contrario.

En este caso me detengo para señalar nuestra tendencia a «patear a quien está caído» o, como metafóricamente se dice, «hacer leña del árbol caído».

Cuando dos ejemplares de otras especies luchan, quien reconoce haber perdido se aleja o se pone patas arriba ofreciendo las partes blandas de su cuerpo para que el ganador lo devore.

El perdedor que asume su derrota, no es perseguido ni devorado con ensañamiento. Entre los demás animales es normal tener clemencia con los vencidos, pero entre los humanos tenemos que ovacionar ese gesto con gran algarabía porque no somos así, no somos nobles, no tenemos hidalguía, actuamos como cobardes.

Probablemente somos así porque sabemos que moriremos y queremos disimularlo con gestos de abuso de poder que nos disfracen de omnipotentes e inmortales.

(Este es el Artículo Nº 1.703)

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Lo obvio es imaginario e irreal

   
Varones y mujeres no pertenecemos a la misma especie (1) ni los roles femeninos y masculinos están tan predeterminados anatómicamente.

Las mujeres y los varones somos integrantes de la naturaleza, formamos parte de ella, nos parecemos bastante y eventualmente podemos complementarnos, así como las nubes se complementan con el viento frío para producir la lluvia, o los desniveles en los territorios hacen que las corrientes de agua circulen en un único sentido hacia alguna desembocadura, así como la mezcla de algunos productos químicos forman un tercero totalmente distinto, como son el oxígeno y el hidrógeno, que misteriosamente se convierten en agua, elemento este tan diferente a cada uno de sus componentes cuando estaban separados.

Como decía, estos dos integrantes de la naturaleza (mujeres y varones), que hemos convenido en designar como integrantes de la especie humana, eventualmente se complementan.

Existen quienes tienen paciencia y quienes no la tienen: los primero pueden ser útiles para cocinar alimentos a fuego lento, los segundos para resolver temas urgentes. Algunos tienen habilidad manual y otros tienen mucha fuerza en los brazos: los primeros sirven para perfeccionar los detalles y los segundos para cambiar de lugar volúmenes pesados. Algunos saben hablar con gran claridad y otros saben escuchar con mucha atención: convendría que este escuchara al primero. Algunos tienen vagina y otros pene: convendría que estos fecundaran a los primeros.

Estos tres párrafos intentan hacer una descripción despojada del prejuicio según el cual los humanos somos todos iguales al punto que los varones son mujeres con pene o al revés, que las mujeres son varones sin pene.

En estas descripciones la complementariedad está expuesta como más casual, no tan predeterminada porque no siempre un varón desea copular con una mujer, porque no siempre la anatomía femenina se corresponde con un temperamento femenino, etc.

               
(Este es el Artículo Nº 1.719)

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Las fantasías sobre una sexualidad curativa

   
Muchas fantasías relacionadas con el alivio y la curación de enfermedades surgen del instinto de conservación y de la sexualidad.

Compartiré con usted un comentario vinculado a la suposición según la cual, todo ser vivo (los humanos incluidos) tenemos por función básica y más importante, conservar la especie, para lo cual también tenemos que cuidarnos individualmente (1).

Esta condición hace que para los humanos la función sexual sea la más importante, inclusive porque alcanza a la alimentación (ingestión, digestión, evacuación), a la higiene personal, a la salud.

Si la sexualidad es la función central de nuestras vidas, entonces podremos comprender cuánta importancia le asignamos a nuestros órganos reproductores: testículos, pene, útero, ovarios, vulva, senos.

Ahora que expuse este preámbulo puedo abordar el tema de este artículo.

Las fantasías de curación suelen tener su origen en los órganos reproductores.

Los varones fantaseamos con que las mujeres padecerían menos dolencias si tuvieran más relaciones heterosexuales. Ambos sexos tenemos la creencia en que el pene es mágico, que logra muchas curaciones milagrosas. La medicina reafirma sus experiencias clínicas exitosas utilizando inyectables y la cirugía pues ambas prácticas implican una «penetración» en el cuerpo enfermo.

Ambos sexos reafirmamos las experiencias clínicas exitosas recomendándoles a los enfermos que hagan quietud aunque la energía fuera suficiente para estar en movimiento. Además de la constatación empírica de cuánto bien hace el descanso, aumentamos la validez de esta percepción comparando el reposo con la vida intrauterina. De hecho la etimología de la palabra «clínica» surge de «clinado» (acostado).

Pero parecería ser que son los senos los principales proveedores de fantasías curativas en tanto nos mejoramos, aliviamos y curamos, «comiendo» sustancias calmantes, estimulantes, antibióticas, preventivas, ... agregando a la constatación empírica de los buenos resultados las fantasías inconscientes de que la leche materna posee un poder curativo milagroso.

(1) Sobre la conservación de la especie y del individuo, puede consultarse otro blog que administro y que se denomina La única misión.

(Este es el Artículo Nº 1.734)

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Las mujeres uruguayas ahora son humanas



   
En Uruguay, las nuevas generaciones dejarán de ser gestadas y criadas por indignos animales domésticos, aunque tenían derecho a votar.

El 17 de octubre de 2012, el Senado del parlamento uruguayo aprobó una ley que autoriza a las mujeres que lo soliciten la interrupción de un embarazo antes de las 12 semanas de gestación.

Esto tiene algunas cosas positivas y una negativa, que es la contrariedad de muchas personas que no están de acuerdo.

Según lo que he mencionado varias veces, la conservación de la especie está repartida de forma muy desigual y me animo a decir que ellas tienen un compromiso del 80% frente a un modesto 20% de los varones (1).

La tarea más importante que tenemos como especie (conservarla) (2), está repartida biológicamente de esa manera.

Con esta ley, las que tienen mayor responsabilidad biológica son las que simultáneamente tienen más derechos. En este caso, el varón no tiene ningún derecho porque la ley no tiene previsto que ellos emitan algún tipo de opinión en una decisión que es estrictamente de la gestante.

Quizá en este caso haya un cierto perjuicio para los varones en tanto existen leyes que obligan a quien reconozca su responsabilidad paterna a que participen en los gastos resultantes de la crianza de los niños.

Lo que me parece más interesante es que desde ahora el cuerpo de las mujeres será de las ciudadanas y no del colectivo como era hasta ahora.

Efectivamente, si la ley le prohibía interrumpir su embarazo entonces el cuerpo que figuraba a nombre de esa mujer no estaba completamente a su disposición pues, una vez embarazada, estaba obligada a gestar quisiera o no quisiera.

A partir de esta ley en Uruguay, las nuevas generaciones dejarán de ser gestadas y criadas por indignos animales domésticos, aunque contaban con derecho a votar.

   
(2) Blog especializado en nuestra Única misión [conservar la especie]
 
(Este es el Artículo Nº 1.729)

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